Nueve métodos para cultivar la atención

Los textos de meditación enseñan nueve métodos para cultivar la atención, lograr la ecuanimidad del espíritu y hacer que sea más estable.

  1. Concentrar el espíritu, aunque al principio sólo sea brevemente, sobre un objeto, siguiendo las instrucciones y evitando dejarse llevar por imágenes o pensamientos discursivos.
  2. Posar el espíritu continuamente sobre ese objeto durante un período de tiempo cada vez más largo, sin caer en la distracción. Para conseguirlo, hace falta recordar de una manera muy clara las enseñanzas sobre el modo de mantener el espíritu concentrado en lo que se utiliza como soporte, guardarlas en la memoria y ponerlas en práctica con cuidado. Si ponemos en práctica estas instrucciones con atención, podremos identificar la distracción sobre la marcha.
  3. Posar el espíritu de modo repetido verificando, a intervalos regulares, si sigue estando concentrado en su objeto y volviéndolo a llevar rápidamente hasta este último cada vez que nos demos cuenta de que la distracción lo ha apartado de él. Para ello, hay que reconocer que el espíritu ha sido víctima de la distracción, identificar la emoción o el pensamiento que provocó esa distracción y aplicar el antídoto apropiado. Poco a poco, se irá siendo capaz de mantener el espíritu tranquilo y estable durante períodos de tiempo más largos, conservando una concentración más clara.
  4. Posar el espíritu con cuidado: cuanto más firme y concentrado esté, mejor dispuestos a meditar nos hallaremos. Y aunque la atención todavía no sea perfecta, al menos lograremos no perder de vista por completo el soporte de la meditación, y podremos liberarnos de las formas más perturbadoras de agitación mental.
  5. Dominar el espíritu: cuando la concentración consigue estabilizarse, algunas veces puede correr el peligro de transformarse en una especie de sutil entorpecimiento. Cuando nos pase eso, lo mejor será reavivar la agudeza y la claridad de la presencia despierta, y recuperar la inspiración y el entusiasmo, considerando los beneficios de la concentración perfecta (samadhi).
  6. Pacificar el espíritu: de tanto reavivar la agudeza, puede suceder que favorezca el nacimiento de una sutil agitación mental, que toma la forma de una breve y discreta conversación que se mantiene en segundo plano de la atención. El hecho de que entonces nos paremos a considerar los escollos referidos tanto a la agitación como a la distracción nos permitirá calmar el espíritu y conseguir que se vuelva claro y límpido, a imagen y semejanza de un sonido puro emitido por un instrumento de música bien afinado.
  7. Pacificar completamente el espíritu poniendo en práctica la atención constante y entusiasta a fin de despojarnos de todos nuestros apegos en las experiencias de meditación. Éstas pueden adoptar diversos aspectos, como, por ejemplo, la felicidad, la claridad o la ausencia de pensamientos discursivos, y manifestarse también por medio de movimientos espontáneos de alegría o de tristeza, de confianza inquebrantable o de miedo, de exaltación o de desaliento, de certeza o de duda, de renuncia a las cosas de este mundo o de pasión, de devoción intensa o de visiones negativas. Todas estas experiencias pueden sobrevenir sin una razón aparente, y son la señal de que en nuestro espíritu se están produciendo profundos cambios. Pero no hay que identificarse con esas experiencias ni conceder más importancia de la que tienen a los paisajes que vemos pasar desde la ventanilla de un tren. Gracias a la atención perfectamente apaciguada, estas experiencias se desvanecerán por sí solas sin llegar a trastornar nuestro espíritu, y entonces éste se verá embargado por una profunda paz mental.
  8. Mantener la atención concentrada en un punto: después de haber eliminado el entorpecimiento y la agitación mental, hay que mantener la atención de una manera estable y clara en un punto durante toda la sesión de meditación. Entonces el espíritu es como una lámpara que se halla protegida del viento, cuya llama, estable y luminosa, ilumina al máximo de su capacidad. Basta con un mínimo esfuerzo, al inicio de la sesión de meditación, para situar el espíritu en el flujo de la concentración; una vez lo hayamos logrado, se mantendrá “ahí” por sí solo sin dificultad, permaneciendo en su estado natural, libre de coacciones y perturbaciones.
  9. Reposar en un estado de equilibrio perfecto: cuando el espíritu está plenamente familiarizado con la concentración en un único punto, se mantiene en un estado de ecuanimidad que sobreviene de manera espontánea y que se perpetúa sin esfuerzo.

 

Extracto de: “el arte de la meditación” Matthieu Ricard

 

 

 

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